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almanaque de literatura

NÚMERO 01 +++

+++ [01][02][03]

andrés santiago

visita a buenos aires

Llegué a Buenos Aires cansado y con resaca. El plan era guardar mis energías para estos dos días en la ciudad. Y ahora L. lo había jodido todo, había amargado mi existencia, me había dejado en un estado gaseoso de mente, como si todo lo que viviera lo estuviera viviendo a través de un cristal borroso, un recuerdo lejano de algo que nunca viví.

A las diez, más o menos, llegué a Estados Unidos 522, la dirección donde ahora vivía K., compartiendo su casa-comuna con otras ocho personas. K. apenas había dormido esa noche, traía un chándal viejo, cara de sueño y apestaba a sudor y a sexo. Esta es mi nueva vida: pelo rubio decolorado, una amante y una nueva identidad hippy. Típica crisis de los 30. ¿Qué había pasado con la K. perfumista, la refinada ateniense que disfruta del lujo y del placer? Más tarde, me daría cuenta de que K. no había cambiado tanto, que seguía siendo todo lo que era antes, solo que ahora vestía y olía peor.

Pero empecemos por su nueva amante, C.: una espectacular joven brasileña (de São Paulo) que vivía con su novio en la misma casa de Estados Unidos 522. Desde la llegada de K. a la ciudad, habían desarrollado una muy especial amistad que terminó hace cuatro meses con un A veces tengo ganas de besarte. Desde esa primera vez en Jujuy, las dos amigas se convirtieron en amantes y comenzaron una vida secreta de sexo y desenfreno. Mientras el novio dormía, C. bajaba al cuarto de K. y pasaba unas horas en su cama sin que el otro se enterara. Mientras trabajaba, mientras cocinaba y al final incluso mientras iba al baño, ellas aprovechaban para esconderse de los demás y besarse apasionadamente. Era tal la atracción, que incluso habían hablado de casarse, de mudarse juntas a Europa, de tener una familia. Sí, K., que dejó a su antigua novia M. porque quería formar una familia con un hombre y tener hijos, de repente tenía planes de hacerlo con C., mujer, negra, brasileña. ¡Cuánto dolor supondrá esto a M., la antigua novia, que quiso creer que la causa de la ruptura era la heteronormatividad y no ella misma!

De todo esto me enteré por ciertos gestos, insinuaciones y luego explicaciones por parte de K. Porque mientras desayunábamos entendí que ninguna de las otras siete personas que vivían en Estados Unidos 522 sabían ni podían saber nada de ese romance imposible. Desayunamos café y tortitas de plátano entre sus miradas de deseo y risitas de enamoradas. ¿Cómo nadie se daba cuenta de esto?

Tras un beso furtivo —yo sí podía ser testigo de aquello—, salimos de la casa en dirección al mercado de San Telmo. Mientras caminábamos, y yo intentaba entender que estaba en una nueva ciudad, un nuevo país y un nuevo continente, K. recibió una llamada y una oferta laboral que le complicaría aún más las decisiones que estaba a punto de tomar. Su contrato laboral se acababa en Buenos Aires y tenía un vuelo de regreso a Grecia en una semana. Y ahora su antiguo profesor y mentor le ofrecía el trabajo de sus sueños en Atenas: dar talleres de perfumística junto a él. Lo único malo de esta oferta era que de todas las opciones que había contemplado —volver a Sudamérica a viajar, empezar una compañía en Argentina, mudarse a Berlín, casarse en Luxemburgo (lo que otorgaría nacionalidad automática a la consorte), entre otras—, ninguna incluía mudarse de nuevo a Atenas, aquella ciudad hermosa y conservadora donde vivían sus grises padres.

Como era domingo, había feria en San Telmo, lo que significa que el barrio estaba lleno a rebosar de gente, comprando, gastando, bebiendo cócteles y comiendo hamburguesas de diseño. Yo, que desde hace unos meses me he dejado llevar por el consumismo, compré un imán feo y unos cuadernos hechos a mano con la silueta de Argentina, algo muy similar a lo que podría haber hecho yo pero que al fin y al cabo nunca hice. Mientras subíamos la calle Defensa en dirección a la Plaza de Mayo, K. me habló de su relación con C. y me contó todos sus miedos: ¿y si al llegar a Europa se rompía el hechizo?, ¿cómo iba C. a dejarlo todo por ella?, ¿podría encontrar C. un trabajo?, y ¿podría K. aguantar la presión y la responsabilidad de esa decisión?

Ya en el centro, caminamos, yo aún resacoso, ella aún enamorada, por las avenidas Mayo, 9 de julio, Rivadavia, Uruguay, Corrientes, etc. y otras calles que no recuerdo del todo. Que Buenos Aires era muy europeo ya lo había escuchado antes, pero quizás nunca había llegado a entender que ese ser europeo significase ser mayoritariamente blanco y tener un centro hecho a imagen y semejanza de Madrid. Y es que parecía que estábamos paseando por la Gran Vía, el Prado o el barrio de Salamanca, con sus grandes palacios modernistas, sus luces de neón y cartelería noventera, sus librerías y, por supuesto, su gente blanca. Y disfruté, sí, disfruté como si hubiera vuelto un ratito a Madrid, a saludar a mi ciudad y a la gente a la que quiero (representada ahora únicamente por K.), pero también, he de admitir, había algo en la ciudad sospechosamente “poco latinoamericano”, i.e.. la ciudad no reflejaba con exactitud los prejuicios y estereotipos que yo guardaba sobre la identidad latinoamericana, formada a partir de mis visitas —¿o fetichismo?— a México y mi reciente paso por Paraguay. ¿Cómo podía ser que la ciudad estuviera tan limpia, tan organizada?, ¿era verdad que era una ciudad tan segura como decía el taxista del aeropuerto?, ¿cómo era posible que el transporte funcionara mejor que en Madrid? y, sobre todo, ¿cuántas maneras había de ser latinoamericano? Y es que hasta el mobiliario urbano —palabra que tuve que explicar a K., que ahora habla español— es idéntico al de Madrid. Solo los autobuses coloridos, las enormes avenidas y el Obelisco me recordaban que estaba en esa ciudad llamada Buenos Aires.

Comimos pizza en una cafetería de la calle Corrientes y, aunque nunca me creeré que hay italianos que prefieren la pizza argentina a la napolitana (sic por el taxista), la verdad fue un alivio poder sentarse y dejar que la grasa y el queso alimentaran mis arterias, que aún sufrían la deshidratación y el exceso de alcohol en sangre. Aproveché la ocasión para tomar un café y echarme algo de agua en la cara. Había que estar fresco para la tarde y mis piernas ya pedían parar. De nuevo, ¿por qué mierdas había dormido tan poco? Puta L.

Seguimos el paseo yendo hacia el norte hacia la Recoleta, atravesando algunas de las zonas más chetas (burguesas) de la ciudad, según K. Aunque, pensando en retrospectiva, casi toda la ciudad, o lo que vi de ella, me pareció bastante burguesa. Además de la ya mencionada ausencia de gente no blanca —ni siquiera mestizos, indígenas argentinos u otros inmigrantes—, los porteños visten elegantes y hablan con ese saber estar de gente bien. El acento argentino prototípico, como me temía, resulta ser un invento de los medios de comunicación, una parodia. Lo que realmente se habla en esta ciudad es una versión más suave y delicada de lo que tenemos —al menos yo— en mente cuando pensamos en oh— ese argentino insoportable. Lo que me trae a Ms. al pensamiento: ¿por qué ciertos argentinos deciden apropiarse del estereotipo argentino cuando viven en el extranjero? Aunque bien pensado, ¿acaso no hacen lo mismo ciertos españoles?
En la Recoleta visitamos el centro cultural, porque el cementerio ya estaba cerrado. K. me contó que Macri había transformado el lugar en un espacio para el arte de propaganda, pero la verdad yo no noté nada. Los pasillos estaban llenos de carteles feministas (Archivo de la memoria trans. Estampa feminista. Vamos juntas. Seamos bellos elementos discordantes. Tomemos el paraíso. Aborto sí, aborto no, eso lo decido yo. Amor de verano) y en las salas de exposiciones había conciertos de rap y artistas de vanguardia. Parecía un lugar hermoso en el que confiar en el arte y la humanidad. ¿Era todo mentira?

Ya de noche, visitamos la Biblioteca Nacional, un edificio digno de entrar en el libro de Taschen de arquitectura soviética alienígena (CCCP —Cosmic Communist Constructions Photographed), antes de coger un taxi de vuelta a la calle Corrientes. A las 20.30 empezaba la función que íbamos a ver: Petróleo de Piel de Lava, porque ¿cómo pasar 48 horas en Buenos Aires sin ir al teatro? En la obra, cuatro hombres, todos representados por mujeres, pasan las horas en un yacimiento petrolífero al sur del país. Pensé en mi amigo F. que tanto disfrutó del teatro en Buenos Aires, pensé en que hacía tiempo que no veía algo tan bueno, tan sutil, tan relevante, pensé en lo tóxica que es la masculinidad, una vez más, y pensé en lo bonito que era pasar un día así con K., aunque yo estuviera de resaca y ella enamorada. Acabé el día con rozaduras en las piernas y nalgas y muy cansado. Por la noche dormimos como marmotas hasta las once del día siguiente. Y podría haber dormido más...

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Pero nos levantamos y fuimos caminando hacia la Boca, antiguo puerto de la ciudad, ahora zona dedicada exclusivamente a los fans del Boca Jr. y a tiendas de souvenires. Casas coloridas, pero nada muy remarcable. El resto del día lo dedicamos a pasear por todas las zonas por las que no pasamos ayer: Puerto Madero, Retiro, Palermo… Sigo sorprendido de lo mucho que se puede hacer en dos días.

Hoy, sin embargo, se unió C. a nuestros paseos. K. y C. no podían pasar tanto tiempo separadas la una de la otra, 24 horas era demasiado. Fuimos juntos al Museo de Arte Latinoamericano, donde tomé notas del nombre de las salas mientras ellas se besaban:

● La primera modernidad
● Identidad cultural
● Realismo mágico y surrealismo
● Abstracciones concretas
● Internacionalización del arte latinoamericano
● Informalismos y nuevas figuraciones
● Conceptualismos políticos

Por la noche, y para despedirme de Buenos Aires, fuimos a un restaurante bastante fancy en Palermo llamado Proper. Comimos grelos, pescado, berenjena y corazón de vaca. Todo delicioso (salvo una cosa, guess what) y muy bien presentado y, como todo en este país, a un precio irrisorio. Porque hace una semana fueron las primarias y, como ganó la izquierda, el peso se devaluó casi hasta la mitad, y todo resultaba demasiado barato. Habitantes de países con monedas fuertes, ¡vayan a Argentina, ese país en eterna crisis!

A las tres de la madrugada, volvió a sonar mi alarma. Tenía que coger un vuelo a Asunción, otro a São Paulo, otro a París, y otro a Atenas (32 horas en total).

Llegué a Grecia agotado y me pasé una semana en el sofá recuperando energías.

No ha sido hasta hoy que me he puesto a escribir sobre el viaje y procesar que he estado en Buenos Aires.

Hoy, que es el día en el que K. coge su vuelo de vuelta y deja abiertas cientos de posibilidades en su nueva vida.

Hoy, día en el que me encontré con M., la ex de K. Apenas hizo preguntas incómodas y dice que tiene bastante superada la relación o, como dice ella, su adicción a K.

Y hoy, mi último día en Atenas, día en el que yo también recibí una oferta que descolocó todo.

Atenas, 04/09/2019

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