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almanaque de literatura

NÚMERO 03 +++

+++ [01][02][03]

Tengo una fotografía de la placa en honor a Marisela Escobedo en la galería de mi celular. Recuerdo que la tomé dos veces porque la primera, sin querer, dejé que un reflejo tapara el nombre de su hija, Rubí y todo parecía más borroso así.
Envié por mensaje la imagen a un amigo, que vive en España, junto a varias más en las que aparecen palomas, una estatua de Miguel Hidalgo, Padre de la Independencia Nacional, y el mural de un chihuahua —o chihuahueño, el perro— con una flor sobre su cabeza, acompañadas del texto “En el Palacio Municipal de Chihuahua, algo así como el Ayuntamiento”. Minutos después, añadí también un enlace de Wikipedia, donde se podía leer cómo Marisela fue asesinada allí mismo tras meses de exigir justicia por el asesinato de su hija.
En 2020 en México fueron asesinadas 3 mil 952 mujeres, de acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía e Historia (INEGI), el organismo oficial encargado desde inicio de los años 80 de recopilar información sobre unidades económicas, hogares con luz e internet y, también, las causas de muerte violenta más frecuentes entre las mexicanas.
Agresión con disparo de otras armas de fuego, y las no especificadas, agresión con objeto cortante o agresión por ahorcamiento, estrangulamiento y sofocación aparecen entre las más repetidas. Agresión por ahogamiento y sumersión, agresión con humo, fuego y llamas o agresión por empujón desde un lugar elevado se presentan también diligentemente, cada una con un código alfanumérico que permite un rastreo morboso a través de cientos de bases de datos.
Cada día en promedio, como destacan cada marzo y noviembre los medios de comunicación, son 10 mujeres asesinadas. La cifra por sí sola adquiere vida, se enzarza en la cotidianidad y parece alargar su presencia o disminuir con sigilo hasta casi desaparecer según el momento, según el lugar.

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Cuando paseas por la colonia Condesa de la Ciudad de México entre taquerías, mezcalerías y tiendas de tatuaje parece muy fácil dejarse arrastrar por la versión más repetida, que la violencia contra las mujeres empieza, quizá, en el hogar, en las compañías elegidas, en cualquier imprudencia sancionada con severidad: se subió al carro de un desconocido, dejó que controlara su celular, no le conocía y aun así quedó con él en la plaza.
Sin embargo, cuando el Uber sosiega su paso, te quedas la última en el camión o sales al OXXO más allá de las 23.00 horas la cifra, el nombre, la historia, el rostro de las 10 mujeres asesinadas en México empaña todo. Es una sensación agria, que crece en tu estómago, que sube por tu garganta, que masticas con violencia y que, sin éxito, intentas escupir.
Noto también una náusea apagada en la charla trivial, cuando sonrío ante cualquier cumplido al vestido elegido en una reunión de trabajo, cuando zanjó con el taxista que sí, que el monumento, la estatua, el edificio ha quedado hecho un asco después del 8 de marzo, y cuando pregunto, en cualquier entrevista a una mujer, que cómo compagina la política, el emprendimiento, la labor humanitaria, con sus hijos, su marido, su vida familiar, añado, haciendo énfasis en la palabra familiar.
Y también allí, otra vez, parada frente al Palacio Municipal de Chihuahua —”algo así como el Ayuntamiento”, aclaré— cuando envié la foto de la placa, de las palomas, de Miguel Hidalgo, Padre de la Independencia Nacional, del perro chihuahua o chihuahueño con la flor encima de su cabeza, el enlace de Wikipedia y la aclaración innecesaria, forzada, morbosa: “justo aquí fue asesinada”.

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