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almanaque de literatura

NÚMERO 03 +++

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Todo pasó tan rápido que ni se dio cuenta: iba manejando de regreso a su apartamento por la Autopista Circunvalar, el sol poniente enrojecía los cerros y había poco tráfico. En la radio estaban discutiendo el caso de un jugador de fútbol al que le encontraron una dosis personal de marihuana; los periodistas crucificaban al pobre muchacho y los oyentes se quejaban del mal ejemplo para la juventud. Paró en el semáforo y aprovechó para cambiar la emisora. Cuando levantó la cabeza había una pistola al frente suyo. No se dio cuenta de que lo sacaban del carro, ni que le ponían una capucha. Apenas escuchaba los gritos de los hombres, una puerta cerrándose y el motor de otro carro arrancando a toda velocidad con él adentro. Después se dio cuenta de que los secuestradores estaban escuchando el mismo programa de radio. Luego lo golpearon muy fuerte y perdió el conocimiento.
Lo despertaron, le quitaron la capucha pero le dijeron que no levantara la cabeza. Era de noche. Lo hicieron caminar por una trocha. Dos veces se resbaló pero no lo dejaron caer. Los secuestradores eran tres o cuatro. Se preguntaba qué habían hecho con su carro. Se imaginó el trancón. Hora pico en la Circunvalar, un carro sin dueño. Mucha gente debió haber llegado tarde a la casa. No sabe cuánto tiempo después llegaron a una finca. Los alumbraban con linternas y los hicieron entrar. Le dieron limonada y un pedazo de pan.
Lo despertaron y todavía no había salido el sol. Dos hombres se lo llevaron. Le dieron más limonada, pero ya estaba amarga. El sol de la montaña le picaba en la coronilla. Insistían que no podía levantar la cabeza. En un momento pararon a tomar agua y lo amarraron a un árbol. Se sentó en la sombra y se puso a llorar porque se acababa de dar cuenta de que lo habían secuestrado. No dejó que lo vieran así.
Él era el profesor Leandro Domínguez. Enseñaba Teoría Dramática, Literatura Norteamericana Contemporánea y Cine y Adaptación en una de las mejores universidades del país. Era el miembro más joven de la Junta Directiva de la facultad y escribía una columna todos los martes en el periódico más importante de la ciudad. Era lo suficientemente arrogante para recolectar enemigos como quien colecciona mariposas o estampillas: escribía acerca de todo pero especialmente en contra de todo. Era un experto en directores de cine polacos con muchas consonantes y pocas vocales en sus apellidos y todos los viernes se sentaba a leer The New Yorker en su oficina con las puertas bien abiertas. Ocasionalmente invitaba a los estudiantes a su apartamento para mostrales su colección importada de DVDs y unos cuantos libros en alemán que él tampoco entendía, pero, eso sí, no prestaba nada, porque quién sabe cuándo tendría que revisitar aguna escena para un artículo o para un ensayo.
Le dijeron que siguiera caminando. Llegaron a otra finca, de noche. Le pusieron la capucha otra vez. Durmió sentado. Pidió que le dieran una sábana sin saber si había alguien en la habitación. Al tercer día llegaron al campamento. Había unos veinte hombres, flacos y con ojeras, la mayoría cargando armas, unos cuántos jugando dominó. Lo presentaron al jefe, el jefe le preguntó si lo habían tratado bien, luego le preguntó si le seguía pareciendo buena idea escribir tanta mierda sobre ellos en su columnita de quinta. Lo amarraron a un árbol y le dieron arroz con papa en una coca plástica. Se sintió orgulloso de saber que incluso tan lejos, en la montaña, tenía lectores. Se despertó en la mitad de la noche, pensó que tenía la capucha puesta, pero no: era la oscuridad del monte en luna nueva.
A las tres semanas se dio cuenta de que no importaba lo que hiciera no lo iban a matar, no podían. Tenían órdenes de mantenerlo vivo. Uno de los secuestradores, el Chino, siempre lo amenazaba con violarlo. Apenas se le acercó le dio un cabezazo y le escupió la cara. El Chino lo golpeó con la cadena, pero inmediatamente los separaron. Desde la distancia lo miraba como si fuera un perro, babeando y bramando, con las venas de los ojos alborotadas. Esa noche no durmió pensando que iba a venir por él a matarlo. A la mañana siguiente habían mandado al Chino a otro campamento.
El jefe, un zambo apodado “Tumaco”, le dijo que se comportara y le regaló un radio. En medio de la estática alcanzaba a escuchar una estación de noticias. El país seguía igual; de vez en cuando mencionaban a los secuestrados, pero eran muchos, sólo una vez escuchó su nombre. Leandro, o el profesor Domínguez como le gustaba que lo llamaran, pensaba que el libro que había publicado dos años atrás —Vampirismo y Narcotráfico, Breve historia del cine regional en la segunda mitad del Siglo XX— se había convertido en un bestseller y que si el periódico fuera lo suficientemente astuto ya habría publicado Lo mejor de Panóptico Cultural, una recolección de sus mejores columnas. Se preguntaba quién estaba enseñado sus clases, deseando que por nada del mundo se las hubieran dado a Mister Greene, quien llevaba años intentando conseguir la cátedra de Literatura Norteamericana.
Cuando se le acababan las pilas al radio tenía que acosar a Tumaco por semanas. En navidad le dieron una docena de pilas para que dejara de joder. Habían robado un camión de licores y esa noche lo dejaron tomar.
En la noche, la montaña le decía cosas bonitas. Cuando llovía le gustaba dormirse bajo el ruido de las gotas en el techo rústico. Un día uno de los hombres se disparó accidentalmente. Lo trajeron cerca de la jaula y pudo ver su cara sudorosa gritando que no se quería morir. Semanas después todavía podía distinguir la mancha de las gotas de sangre en la tierra.
Una tarde se preguntó qué habría pasado con su apartamento. Por supuesto no habría quién pagara el alquiler, ¿el dueño lo estaría esperando, entendería la situación? ¿o había sacado sus cosas y rentado el apartamento a alguien más? La idea de alguien poco cuidadoso husmeando entre sus libros lo incomodó. ¿A quién le pedirían ese favor? Se acordó entonces del cajón izquierdo, el primero de abajo arriba, de su escritorio: allí tenía todos sus intentos fracasados de escribir la Gran Novela Nacional. Por primera vez en muchos meses pensó en salir corriendo de allí, no pensando en todos los beneficios de la libertad recobrada, sino con la única intención de evitar que alguien leyera esos papeles.
Desde que empezó a enseñar la clase de Literatura Norteamericana, Domínguez se obsesionó con escribir la Gran Novela Nacional: un texto épico que atrapara la complejidad de este país tercermundista, que relatara su historia de violencia y corrupción, a la vez que su espontaneidad y su alegría. Siempre decía que como profesor lo contrataban para comprar libros que los estudiantes no podían pagar: desde entonces gastaba la mayoría de su sueldo en manuales de novela, en textos acerca de la trama, en las grandes novelas contemporáneas, buscando obsesivamente un método para el éxito.
Primero empezó a escribir la historia de un joven doctor que llegaba a la gran ciudad con deseos de ayudar a la gente, después de buscar en vano un trabajo que le permitiera trabajar con los pobres sin convertirse en uno, es tentado por un clínica de cirugías estéticas. Al principio el joven se niega, pero su madre se enferma y él necesita el dinero. El joven se convierte en un prodigio de las liposucciones y los senos de silicona, y por ahí empieza a vivir una vida llena de cocaína y modelos, lo que luego se convierte en narcos y prostitutas de lujo. Hablaba de cómo la sociedad está luchando constantemente por corromper a los individuos y que siempre es más fácil caer en el juego del dinero fácil, pero le parecía que el protagonista era muy endeble y muy melodramático. Luego uno de sus alumnos le habló de una serie de televisión que tocaba el mismo tema y que todo el mundo se estaba viendo. Pensaba escribir sobre las operaciones que el cirujano le hacía a su amor de infancia, pero dejó la escena incompleta y puso todo en una carpeta al fondo del mentado cajón.
Después escribió acerca del alcalde de un pueblo que se enamora de una niña, que posteriormente se revela es la hija del cura. Empezaba una lucha de poder entre el alcalde y el cura que dividía al pueblo en dos, cada vez de manera más violenta. Había una escena en que el alcalde peleaba a machete con el hermano del cura, y la verdad que se sentía orgulloso de la manera tan elegante como había logrado narrar un hecho tan violento. Pero una vez más, todo le empezó a sonar a telenovela o a novela española, y si bien estaba convencido que el catolicismo era una de las causas de que el país estuviera tan mal, le parecía que desde el principio había planteado la trama mal al usar un triángulo amoroso. A medio camino le cambió el tono, algo que sonara a parodia de sí mismo, pero le parecía que le estaba quitando valor literario al tema. De ahí, empezó a escribir la historia del hijo de un embajador y sus amigos multimillonarios. Las noches llenas de pepas y música electrónica, las tardes disparando pistolas de copas desde los rascacielos a inocentes transeúntes y matando el perro de la vieja vecina por puro aburrimiento. Un retrato tenaz de los excesos de la oligarquía y de la decadencia de la burguesía. Pero su prosa era resentida, y los adjetivos muy grandes y muchos; al avanzar, también se empezó a dar cuenta de la distancia generacional entre él y sus personajes, y aun cuando decidió salir con una de sus estudiantes e ir con ellas a unas fiestas masivas en hangares abandonados, le pesaba la pose falsa y al día siguiente se le hincharon las palmas de los pies.
Igualmente fracasó con la historia de una empleada doméstica que mata a su jefa y no sólo se apropia del apartamento y de sus ropas, sino que termina viviendo su vida, asistiendo a eventos de la alta sociedad. Algo escribió de una novela histórica acerca de unos inmigrantes japoneses. Con frustración tachaba esos papeles y los metía en su escritorio, con la esperanza de que desaparecieran o se fermentaran. El cajón izquierdo, el primero de abajo arriba, no existía en su vida diaria; era un lugar oscuro de su mente, el lugar de los pensamientos invisitables. Y ahora, no tenía la libertad para esconderlo ni para defenderlo: estaba expuesto, mal vestido, oloroso y enfermo.
Esa noche trató de escapar pero se tropezó con unas ollas y no se pudo parar. Dos guardias vinieron y lo llevaron de nuevo a la celda. Al día siguiente Tumaco le dijo que no había nada de malo en llorar en frente de los demás. Dejó de comer y pensaron que estaba haciendo una huelga de hambre. Cuando llovía muy fuerte no se cogía la emisora: ya no sabía cuál era el sonido de la lluvia y cuál el de la estática. Tumaco le pidió que le enseñara a leer a dos nuevos reclutas. La letra A es una abeja. La B, una barca, y cómo explicarles lo que era una barca. Letra C de casa, mejor dicho, de campamento. D de dado. E de espantapájaros. Un día lo dejaron salir a caminar, con escolta (era su cumpleaños pero no lo sabía) y vio un espejo de cuerpo completo. Como seguía sin querer comer, Tumaco le preguntó cuáles eran sus demandas.
El profesor Domínguez pensaba que sus manuscritos habían sido publicados maliciosamente por Mister Greene. Ahora sus fracasos eran célebres, había pasado, como siempre decían, del anonimato al desprestigio. ¿Libertad para qué?
F de flauta. G de gato. H de hueso. Y se alegró de saber que el espejo se había roto un día. I de iglú, nada más abstracto en medio de una montaña en medio de un país tropical. ¿Entonces? ¿I de Iglesia? Gracias a dios todos los guerrilleros eran ateos. J de jarrón.
Al hermano de Tumaco lo mataron. Era un cocinero en un restaurante de comida italiana. Era el día de pago y dos ladrones lo siguieron hasta la puerta de la casa. La esposa escuchó los balazos y no quiso abrir la puerta. Los niños decían que el papá estaba afuera. Tumaco le decía que viera que no había nada de malo en llorar en público. Esa noche se emborrachó y disparó al aire. Los pájaros salieron volando en todas direcciones. La montaña devolvió el sonido del disparo y por un momento se pensaron bajo ataque, pero era el eco, alguien se dio cuenta, y se rieron mientras lloraban.
K de kiwy, ¿qué es kigüi? Una fruta. Ustedes sí se inventan cosas muy raras. L de lupa. M de mapa. N de nube. N de neblina. N de noche. Alguien le hablaba de una mujer en el pueblo, le pedía consejos. Tumaco le pedía el favor de que volviera a comer. Dormía y se despertaba. Era lo único que hacía, eso y enseñarle a dos guardias vírgenes pero asesinos que Ñandú se escribe con Ñ, niño, y que Oso con O y Pato con P como puta y como plata. Q de queso. R de ratón. Trajeron a un doctor porque estaban preocupados. El doctor le dijo que tenía que comer. Domínguez le preguntó si sabía quién era. El escritor, le respondió. Y se puso a llorar con S de solo y T de tonto. Tumaco dijo que eso era un avance y al otro día le trajo una resma de papel y un paquete de doce lapiceros.
Se quedó dos días sin hablar mirando la montaña, escuchando el roce de las hojas de los árboles con el viento de la tarde, oliendo la tierra mojada. A uno de los guardias lo encontraron robando y le cortaron una mano. No pudo olvidarse de los gritos. No sabía qué escribir, tenía miedo: aquí no habían cajones izquierdos.
Una uva es con U, Vaca con V, Windsurf... no importa. X de xilófono. Y de yoyo. Z de zapato. ¿Es su impresión o las letras se van volviendo más inútiles? Alguien ganó una partida de dominó y se rió como un niño. Tumaco le dijo que le hace feliz verlo escribiendo. Las tardes se van muy rápido, las velas se acaban antes de que se dé cuenta. Sigue escribiendo en la oscuridad y casi no le importa salirse de la página.
Un día vienen y le dicen que se tienen que ir, que parece que el ejército está cerca, que mejor se van a un campamento más grande. Tumaco lleva las hojas y el radio. Le ponen la capucha y él escucha su respiración agitada, escucha la respiración de los demás: no son tan distintas. Llegan a un nuevo campamento donde hay más personas secuestradas. El profesor se presenta: Leandro, dice.
Escribe cada vez más pequeño porque tiene tantas cosas por decir.
Les dicen que es navidad, todos se abrazan a media noche a pesar de que nadie tiene reloj. Todo el mundo llora esa noche.
Le duelen las manos de tanto escribir. Le pide a Tumaco que lo deje salir a caminar. Los dos van a dar una vuelta. Tumaco le ofrece un cigarrillo. No fumaba pero ahora sí. Se dan cuenta que sus madres cumplen años el mismo día. Empieza a llover pero se quedan ahí, se moja por la lluvia y es feliz.
Se seca y escribe.
Escribe y escribe.
Ya se han acabado dos lapiceros.
Se despierta a escribir.
Una de las mujeres secuestradas tiene mucha fiebre, él la cuida durante la noche. Ella le dice muchas gracias, profe, y esas son sus últimas palabras.
Se pone a llorar y las lágrimas borran algunos adjetivos innecesarios.
Un día, un vigía viene asustado. El ejército anda cerca. Apagan todas las luces y encañonan a los secuestrados: el que hable muere. Leandro sabe que el disparo alertaría al ejército mucho más que cualquier comentario, aun así calla. O era falsa alarma, o el ejército se fue por otro lado.
Se le pasa el día escribiendo. A veces se detiene, relee y llora o relee y ríe. Le duele pero no puede parar. La montaña se sabe su nombre. Duerme plácidamente cada vez que llueve y llueve a menudo.
Los rumores de que el ejército anda en la zona llenan a todo el mundo de miedo. Los secuestrados guardan la esperanza de un rescate, pero una incursión militar podría hacerlos matar. Amanece en silencio.
Casi quinientas páginas después, termina. Guarda el manuscrito en una bolsa plástica que siempre carga con él. Alguien tiene mucho miedo, ¿quién no? No hay viento, todos tienen los dedos en el gatillo. Él silba hasta que le piden que se calle.
Una tarde empiezan a escuchar tiros. Todos a sus posiciones: los prisioneros encañonados, los verdugos esperando cualquier orden. Uno de ellos es el joven al que le enseñó a escribir. A de arma. B de balas. C de cartucho. D de dedo. E de en. G de gatillo. El ejército se acerca rápidamente. Los secuestrados se abrazan, esperando la libertad, cualquiera que sea. Leonardo aprieta su novela en los brazos. La montaña sigue susurrando su nombre. Los disparos son más y más frecuentes. Tumaco dispara hacia donde cree que está el ejército. La mayoría de los guardias no tienen camisa, se ven sus omoplatos temblando. Su novela es buena, él lo sabe. Lejos de clichés, honesta pero brutal. Miles de matices de violencia. La complejidad del país. Los verdugos sangran en el suelo. S de sangran en el suelo. Tumaco se gira y ve a los secuestrados: asustados. Les dispara: uno o dos caen. Leandro está bien, ninguna bala le dio. Entra el ejército. Tumaco le apunta a Leandro. Fue muy tarde. Sangre en las páginas de la Gran Novela Nacional, sesos en la portada. Un soldado del ejército lo saca del ensimismamiento gritándole que hay que salir de ahí, hay que correr. Alcanza a ver dos o tres secuestrados en el piso, libres o muertos. El soldado hala a Leandro, el manuscrito cae al suelo. Leandro intenta alcanzarlo pero lo halan, tienen que irse. Leandro pelea como nunca pero el manuscrito está muy lejos. El campamento va a estallar, le gritan. Dos soldados cargan a Leandro lejos de su cautiverio, lejos de su novela, hacia la libertad. El campamento vuela por los aires. El fuego y la literatura. Adverbios y pronombres resplandecen en el atardecer. El estruendo se repite en el eco. Y Leandro dice no, no, no, y cada uno es más en serio que el anterior.
En el helicóptero sobrevuelan el lugar donde estaba el campamento. En medio del humo, un soldado le apunta con una cámara y le pregunta cómo se siente de estar en libertad.

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